domingo, 8 de octubre de 2017

El congreso del futuro: Virtualidad, drogas y alienación

Control del deseo, circuitos de imágenes, merchandising y programación de los modos de vivir y desear, la adaptación social como apertura a este control, el desplazamiento de lo material y lo corpóreo en el consumo de imágenes, la conciencia humana quedando abierta a la interferencia de enormes poderes… Inmersos como estamos en el colosal espectáculo de las sociedades hipermodernas de capitalismo avanzado no debería sorprendernos que haya quienes expresen y glosen, en el arte o la crítica política, la creciente virtualidad de las relaciones humanas. En tal estela crítica se instalará el director Ari Folman al proponernos una película distópica que arraiga en la sensación de realidad líquida que destila la administración de la vida propia de las sociedades occidentales contemporáneas.

En “El congreso” Folman retoma la advertencia de Huxley sobre los posibles usos de psicoactivos visionarios con la finalidad de alienar lo humano y la capacidad de vida.  La película está inspirada en la novela de Stanislav Lem “El congreso de futurología”. Ambas obras encuentran su horizonte en la diversidad de estados de conciencia y en los mundos que se van desplegando a partir de los mismos. Certeramente “El congreso” remite esa pluralidad de mundos a la actividad del imaginario. A partir de la atención a tal actividad la película planteará la posibilidad del extravío en esos mundos, el manejo incierto de los mismos, la dependencia que pueden instaurar, la posibilidad de que un operador externo influya en el propio imaginario. Y, llegado el caso, la dificultad de discernir entre lo imaginario y lo real en un futuro distópico. A este vaciarse de lo real en lo imaginario se le empieza a llamar neoverdad.

En tiempos de neoverdad hay que atender detenidamente al imaginario con el fin de poner de manifiesto los procesos de alienación que maneja lo que solo puede ser una dictadura discreta. Se trata de dejar a la vista su actividad, de tomar nota de cómo la capacidad de reconocer lo que consideramos real depende de ciertos troqueles previos, del grado de evanescencia que pudiera incorporar lo real, de los modos de servidumbre y explotación que se instauran... Es la propia capacidad de imaginar la que nos conduce a habitar mundos de lo más diverso; mundos que nos abren a las más diversas influencias. El imaginario, operando desde el fuero interno del hombre, amparará y facilitará el acceso a esos mundos de tal modo que según imaginemos así vivimos. “Hay muchos mundos pero están en este” que diría Elouard…

Uno de los aciertos de esta película será dejar constancia de este vínculo complejo entre lo interno y lo externo a partir de cómo nos imaginamos y representamos el mundo. Efectivamente, lo interno y lo externo, lejos de significar esferas estancas, se copertenecen. No se trata pues de clausurar la experiencia del mundo en una imaginación autorreferencial. La cuestión es advertir la importante relevancia cognoscitiva del imaginario para a continuación entender el colosal espectáculo que nos ofrece la sociedad de la imagen. A pensar todos estos temas invitará la propuesta de Folman.
Como podemos advertir el tratamiento del imaginario que se aborda en “El congreso” sirve todo tipo de preguntas. El director nos transporta a un futuro cercano cada vez más dominado por el peso de lo virtual. Los circuitos de imágenes formatean la vida emocional y el mundo con el que queda identificada la gente. Todo lo que irá planteando la película tendrá a su base el imperio creciente de la virtualidad. Precisamente, del ensanchamiento progresivo del mundo de lo virtual dependerá que la vida vaya quedando acotada al propio imaginario de cada cual.

La trama se ordena a partir de la vida de una actriz; un icono mediático que cada vez más se va convirtiendo en icono del imaginario compartido. La película nos muestra su propio proceso y sus resistencias al mismo. No voy a destripar la trama pero si que indicaré que el primado creciente de lo virtual desembocará en un mundo en el que buena parte de la población se encuentre permanentemente enganchada a su propio imaginario a través del efecto de determinadas sustancias visionarias y de la programación de sus efectos. Estas sustancias, gracias a la gestión de unos programadores, ofrecerán una vida aparentemente dulce en unos mundos virtuales en los que todo anhelo será realizable. Como digo, estos mundos paralelos serán gestionados desde el exterior. Así quedará asegurado un bienestar capaz de alejarnos del dolor y las insatisfacciones de nuestra existencia y, también, de las sombras de nuestra propia imaginación. En el contexto social distópico que se nos presenta muchos decidirán pasar sus vidas, previa entrega de bienes y haciendas, en estas matrices de virtualidad desentendiéndose de su proyecto y tarea personal. La organización política, en manos de determinadas empresas y corporaciones, administrará una huida general del dolor; lo que escenificará la gran evasión respecto de todo problema y de todo desafío personal. Fuera habrá quien mueva los hilos y ponga las reglas aunque llegado cierto punto la capacidad para saber qué queda fuera de lo virtual se irá desdibujando. El control será total y la mayoría de la población quedará reducida a una existencia puramente vegetal; fuera de la matrix estarán los servidores de estas corporaciones actuando su propio papel en el engranaje. No será raro que estos servidores, en un momento dado, decidan sumergirse en la matrix. Como podemos observar, en una sociedad así, el individuo singular se difumina en la complejidad técnica del  sistema y en la trama líquida impuesta a las existencias humanas. No olvidemos que la ciencia ficción al delimitar metafóricamente procesos vigentes en la sociedad los desnuda, dejando manifiestas y a la luz las inercias del mundo que habitamos.

Las drogas y la administración de sus efectos por un programador externo será la condición del universo humano que nos muestra “El congreso”. ¿Cabe un uso de las drogas en tal sentido?. Las drogas, hoy en día, se usan no solo en términos puramente lúdicos o recreativos sino también para neutralizar los propios malestares, desplazar fracturas existenciales y tapar síntomas. Las compañías farmacéuticas planifican su oferta de psicofármacos desde estos objetivos y, en tal sentido, recetan drogas los profesionales de la medicina y la salud. En “El congreso” cualquier referencia a lo lúdico en el uso de drogas queda referida a esta misma pretensión de desplazar fracturas existenciales y ´”tapar” las asperezas de la vida. Con todo, el imperio vigente de los circuitos de imágenes y la virtualidad que imponen no parece que vaya a ordenarse a partir del uso de sustancias visionarias. La dificultad de controlar sus efectos lo dificulta a extremos aunque de la aparición de nuevas drogas y del modo new age de entender su uso cabe esperar cualquier aberración. En realidad, la cuestión de fondo que plantea “El congreso” no es ésta de las drogas sino la irrealidad creciente de la sociedad en que vivimos. Las drogas, como siempre son, no serían más que un medio, un vehículo que mostrará un rostro u otro dependiendo del contexto y de los usos, diestros o incompetentes, que se haga de ellas. En este sentido Folman acierta al advertir la posibilidad de entornos de ingesta de drogas mediatizados y lastrados por quienes elaboran, organizan o gestionan dichos entornos.
La protagonista del film, Robin Wright, será una rebelde en todo ese mundo aunque no podrá, ni sabrá, ni querrá quedarse al margen. La película nos conduce a una reflexión inquietante en que la referencia de lo real se desdibuja y, ni siquiera, la posibilidad de salir de ese universo imaginario y programado parece ser capaz de transcender el control de los programadores. ¿A partir de ahí donde queda lo real?. Con acierto la cuestión que sugiere la película es que más allá de la acción de los programadores es el propio imaginario, con sus tramas emocionales, el que nos controla.

La película es de un enorme colorido con parte del metraje filmado con técnicas de animación, con los protagonistas y sus avatares instalados en polimorfos mundos de ficción. El espectador, sin embargo, queda instalado en un tono emocional denso y en un inquietante gris plomo. ¿Qué fue de lo real y de los cuerpos, de la vida brindándose? ¿Quién sabe y quiere salir del laberinto?

1 comentario:

Anónimo dijo...

Dicen que el Quijote instantes antes de morir se arrepintió de sus quijotadas.
Pena que no tuviera tiempo y energía por delante para aprender