domingo, 22 de mayo de 2016

Psicoterapia, sustancias y plantas visionarias (apuntes)

Traigo a colación en esta entrada el artículo publicado por la prestigiosa revista The Lancet en su sección de psiquiatría en el que se avalarían los supuestos beneficios clínicos que el consumo de psilocibina traería a las personas afectadas de depresión; o como antes se decía melancolía. En relación a lo dicho la pérdida de la semántica de la melancolía es todo un saltoatras ya que acogía diversas variedades melancólicas, desde las más tanáticas hasta las que albergaban posibilidades de desarrollo espiritual –crisis espirituales las llaman ahora-. De hecho, la propia semántica del término, en su polisemia, nos sugiere un paisaje emocional más poliédrico y menos cargado de negatividad y, claro, no conviene olvidar que los nombres –cómo nombramos las cosas- forja y constituye la realidad humana que el hombre habita; como si de un apriori se tratara.

Atendamos al tema que nos ocupa. Aprovecharé la información sobre el estudio que traigo a colación -y que queda enlazado- para esbozar unas notas sobre el uso terapeútico de los fármacos visionarios. Personalmente soy bastante escéptico sobre los usos de las plantas y sustancias visionarias en psicología clínica y en relación a categorías psicopatológicas bien definidas. Sobre los posibles efectos beneficiosos de las plantas y sustancias visionarias, mi criterio, es que aportan beneficios a personas con ciertas dosis de equilibrio previo. En esto opino algo similar a lo que decía Luis Cencillo de técnicas como el Zen. Recuerdo una conversación privada que mantuve con él sobre este asunto en la que apeló a la siguiente comparación. De algún modo el Zen, desde su punto de vista, podría considerarse como un entrenamiento de alto rendimiento que, como tal, exigiría de ciertos equilibrios previos. Entiendo que algo similar podría decirse sobre los usos de las plantas y las sustancias visionarias. Desde luego no apelo a equilibrios perfectos. Apelo a ese estado, de cierta o relativa adaptación anímica, en el que el Yo no se ve notoriamente desbordado en la gestión de la vida anímica, por mucho que arrastre determinadas contradicciones y escisiones. Como puede advertirse me limito a una noción de equilibrio psicológico de mínimos y puramente pragmática.

Atendiendo a lo dicho entenderé que toda terapia que pretenda integrar los efectos de estos psicoactivos deberá centrarse, más que en tratar farmacológicamente categorías clínicas, deberá atender, como quibla y timón de la terapia, a un horizonte más general de autoconocimiento, afinamiento y desvelamiento personal en el que se elabora y atiende a una vertiente de la experiencia estrictamente psicológica. Ésta, desde luego, transitará por las asperezas, escisiones y condicionamientos de nuestra psique, así como por las estancias de nuestra sombra que, por cierto, no será escasa. Como se hace obvio uno de los primeros problemas que nos encontraremos es que la psicología dominante, al quedar planteada desde una perspectiva nítidamente clínica, tendrá considerables problemas para reconocer teóricamente la perspectiva apuntada; con lo que colisionamos con las complejas cuestiones de paradigma y con los sesgos que los programas de investigación puedan tener; capaces incluso de hacer, si quiera concebibles, ciertas posibilidades. La cuestión abierta será la siguiente. Si la psicología más oficial solo es capaz de reconocer los posibles usos de estos fármacos atendiendo a categorías clínicas bien delimitadas, dejando de lado perspectivas terapéuticas más generales o existenciales y, además, apelando a balances bioquímicos y a causalidades farmacológicas, ¿qué es lo que puede aportarnos?… Me viene a la cabeza el caso de una amiga, que no pudo sacar adelante una tesis doctoral sobre los posibles beneficios de una planta visionaria por no querer circunscribirla a una perspectiva puramente farmacológica que acotara esos beneficios a un balance bioquímico… Su intención, con muy buen juicio, era ponderar los marcos contextuales que amparaban esos beneficios…

Aclaro que no voy a ser de los que critiquen estudios como éste. Muy al contrario los considero auténticos jalones en el reconocimiento de los posibles beneficios de estas sustancias. Con todo, expongo mis reticencias ante el sesgo del programa de investigación aplicado, incapaz de no salirse del marco puramente farmacológico para ponderar otras esferas como pudiera ser la de los contextos de uso o la de los ulteriores marcos de integración terapéutica de la experiencia. De ahí la limitación que acogen estas investigaciones ya que no tendrían capacidad teórica para dar cuenta del objeto de estudio de un modo integral. Y no por que la perspectiva farmacológica no sea valorable –que lo es-, sino por reducirlo todo a la misma. Es una cuestión de paradigma: los posibles beneficios de estas sustancias no son reducibles a lo farmacológico sino que dependen de factores contextuales; el perfil del experimentador, en qué contexto de experimentación se aborda la experiencia, cómo se elabora e integra… El sostén de mi planteamiento es estrictamente empírico y apela a la experiencia directa con estos fármacos. Poder reconocer tales beneficios y saber de los modos y maneras de dichos beneficios exige conocer el perfil de la experiencia visionaria. Los fármacos visionarios no son aspirinas y su efecto convoca una considerable complejidad.

Me he referido a mis reticencia a los usos de estas sustancias en psicología clínica. Acaso una de estas excepciones pudiera ser el de la depresión. Con carácter previo, lo veo del todo razonable atendiendo al perfil anímico del deprimido. A los depresivos podría convenirles, cierta catarsis y cierta toma de conciencia. Con todo, la terapia ulterior creo que será algo inludible ya que, como bien nos recuerda Alexander Shulgin, las actitudes y disposiciones posteriores a la toma serán lo verdaderamente decisivo... Y para eso sirve una terapia: para aquilatar actitudes, disposiciones y modos de praxis. Como digo mi criterio es estrictamente empírico. Se apoya en la valoración y atención a la experiencia con estas sustancias. Como se hace evidente debería ser contrastado a través de las investigaciones pertinentes en un marco y en un protocolo experimental. De ahí que no puedan extrañarme los prometedores resultados de este estudio.

Una precisión importante. No me refiero a la catarsis tal y como Freud la entiende, en tanto abreación y desagüe emocional, sino al modo en que la entendían los clásicos y los trágicos griegos -katarsis- en el sentido de reordenación de los afectos y emociones (Aristóteles); una reordenación de pasiones que, en el caso de la depresión, conlleve una toma de conciencia de lo tanático de ciertos estados de sopor e inacción y que ampare volver a apostar por la vida y por el eros. Un modo de tocar fondo y tomar tierra, tomando conciencia tanto del trágico calado ciertos infiernos -la remisión a la tragedia griega no es baladí- como de determinadas posibilidades de plenitud. No olvidemos que si estas experiencias nos aportan algo es el contacto íntimo y encendido, a veces desgarrado, con nuestra vida anímica y sus trastiendas. Hablamos de plenitudes, bastaría ponderar la semántica tradicional de la melancolía para servir un contexto teórico preciso a ciertos procesos de orden espiritual inherentes al remover del alma que inducen estas experiencias. Al menos, por lo que a los estados melancólicos se refiere. Acaso la vitalidad que detonan tales procesos esté en estrecha relación con la superación creativa de la melancolía.

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